Viabilidad y Conveniencia de Procesos Económicos Colectivos en una JAC

 

Introducción

Las Juntas de Acción Comunal (JAC) en Colombia son organizaciones comunitarias sin ánimo de lucro, orientadas a promover el desarrollo local y la participación ciudadana. En los últimos años ha surgido la posibilidad de que las JAC impulsen procesos económicos de carácter colectivo y solidario, incluyendo proyectos productivos comunitarios e incluso la celebración de contratos de empréstito (préstamos) con entidades nacionales o internacionales. Este informe analiza qué tan conveniente resulta para una JAC emprender estas actividades económicas, evaluando diversos aspectos clave: la viabilidad legal (normatividad vigente), los riesgos financieros y administrativos involucrados, las buenas prácticas y recomendaciones de organismos de control (Ministerio del Interior, Contraloría, IDPAC, entre otros), experiencias y casos de éxito en Colombia y otros países, así como el impacto esperado en la sostenibilidad de la JAC, la participación ciudadana y el desarrollo de la comunidad. Al final se presentan conclusiones y recomendaciones para orientar a las JAC interesadas en incursionar en procesos económicos solidarios.

Viabilidad legal de las actividades económicas en una JAC

Desde el punto de vista jurídico, sí existe viabilidad legal para que una Junta de Acción Comunal desarrolle actividades económicas de carácter colectivo y solidario, incluyendo la posibilidad de contraer préstamos. La legislación colombiana vigente reconoce expresamente estas facultades. La Ley 743 de 2002 (norma marco de la acción comunal) estableció entre los objetivos de las organizaciones comunales el “crear y desarrollar procesos económicos de carácter colectivo y solidario”, facultándolas para “celebrar contratos de empréstito con entidades nacionales o internacionales”. Esta disposición fue reiterada y actualizada en la Ley 2166 de 2021, que regula la acción comunal moderna. En otras palabras, la ley autoriza a las JAC a realizar convenios, alianzas y contratos (hasta cierta cuantía) con entes públicos o privados, y a gestionar proyectos productivos o empresas comunales para el bienestar de la comunidad.

No obstante, esta viabilidad legal viene acompañada de condiciones y controles internos. La JAC, al ser una entidad de base comunitaria, debe respetar sus propios estatutos y procedimientos participativos. Por ejemplo, la Asamblea General de afiliados de la JAC (máximo órgano decisorio) tiene la atribución de aprobar los planes, presupuestos e iniciativas económicas de la organización, así como de fijar límites a la Junta Directiva en materia de contratación y gastos. De acuerdo con lineamientos del Ministerio del Interior, la Junta Directiva solo puede “ordenar gastos o la celebración de contratos en la cuantía y naturaleza que le asigne la Asamblea”. Esto implica que para emprender un proyecto productivo importante o adquirir un préstamo significativo, la JAC debe obtener la autorización previa de su Asamblea, normalmente mediante la aprobación de un presupuesto o plan de inversión específico. Adicionalmente, las JAC están obligadas por ley a llevar contabilidad organizada y libros financieros, y a rendir informes periódicos a sus afiliados, lo cual proporciona una capa de transparencia y legalidad a cualquier iniciativa económica que emprendan.

En resumen, normativas como la Ley 743/2002 y Ley 2166/2021 sí permiten que las Juntas de Acción Comunal desarrollen actividades económicas solidarias y gestionen préstamos para financiar proyectos comunitarios. Estas facultades legales, sin embargo, deben ejercerse cumpliendo los requisitos internos (aprobación asamblearia, ajustes estatutarios si es el caso) y externos (por ejemplo, registrando cualquier empresa comunitaria que se constituya, o informando a autoridades locales según la reglamentación). Mientras se observen estos lineamientos, la base legal es favorable y la JAC puede actuar como sujeto económico colectivo, dentro del marco de la economía solidaria y el desarrollo comunitario.

Riesgos financieros y administrativos para la JAC

Aunque la ley faculta a las JAC para emprender actividades económicas y tomar créditos, es crucial analizar los riesgos que esto conlleva. Las Juntas de Acción Comunal son organizaciones comunitarias gestionadas por ciudadanos voluntarios, por lo que adentrarse en proyectos productivos o endeudamiento puede implicar desafíos importantes en materia financiera y administrativa:

Capacidad de gestión limitada: Muchas JAC carecen de personal profesional en finanzas o administración. Emprender un negocio comunitario o manejar fondos de un empréstito requiere conocimientos en planeación, contabilidad y control que podrían exceder la experiencia de los dignatarios. El Ministerio del Interior ha reconocido debilidades en la formulación y ejecución de proyectos productivos por parte de las organizaciones comunales, lo que sugiere un riesgo de mala gestión o improvisación si no se cuenta con asistencia técnica adecuada. Sin los debidos sistemas de gestión, podría haber fallas en la ejecución, sobrecostos o incluso pérdida de recursos.

Riesgo de endeudamiento y morosidad: Al contraer un préstamo (especialmente si es de monto considerable), la JAC asume la obligación de reembolso con intereses. Si el proyecto productivo no genera los rendimientos esperados, la Junta podría enfrentar dificultades para pagar la deuda, cayendo en mora. Una JAC no cuenta con grandes patrimonios; sus fuentes de ingreso suelen ser alquiler salón para eventos, cuotas de afiliados, pequeños aportes o convenios específicos. Por ello, el endeudamiento imprudente puede llevar a la insolvencia de la organización. Incluso podría darse el caso de tener que responder con los pocos bienes comunales (por ejemplo, el salón comunal o equipos) ante eventuales acreedores, afectando el patrimonio comunitario. Este riesgo financiero es uno de los factores que más se deben considerar antes de celebrar contratos de empréstito.

Consecuencias legales y sanciones administrativas: Si una JAC maneja fondos de terceros (préstamos, subvenciones, etc.), queda sujeta a posibles auditorías y control fiscal. La Contraloría General puede intervenir si hay recursos públicos involucrados o si se denuncian manejos irregulares. Un manejo inadecuado de los dineros podría conllevar sanciones, suspensión de la personería jurídica de la JAC e investigaciones a los líderes por malversación. De hecho, cuando una JAC es sancionada con suspensión de su personería, no puede contraer nuevos compromisos financieros ni ejecutar gastos hasta ser rehabilitada, lo cual paralizaría cualquier emprendimiento en marcha. Administrar créditos sin los debidos controles internos (doble firma, fiscalización por el tesorero y fiscal, etc.) incrementa la posibilidad de fraudes o pérdida de recursos, lo que repercute en la confianza de la comunidad y en eventuales procesos legales.

Riesgos operativos y de continuidad: Un proyecto productivo comunitario requiere dedicación y continuidad administrativa. Las JAC operan mediante juntas directivas cuyos dignatarios cambian cada cierto periodo (por elección cada 4 años, según la normatividad vigente). Esto puede generar discontinuidad en la gestión del proyecto económico: un nuevo presidente o tesorero podría no darle el mismo impulso, o puede haber transición confusa en el manejo del préstamo y las cuentas. Asimismo, factores como cambios en las condiciones de mercado, desastres naturales o problemas técnicos podrían frustrar el proyecto, dejando a la JAC con deudas, pero sin el activo funcionando.

Conflictos internos y desgaste comunitario: Manejar dinero siempre implica el riesgo de discrepancias. Si no hay transparencia y participación en las decisiones económicas, pueden surgir conflictos entre los afiliados: desacuerdos por cómo se invierten los recursos, sospechas de malos manejos, etc. Un fracaso económico podría minar la credibilidad de la Junta ante la comunidad, reduciendo la participación ciudadana y generando divisiones. Este costo intangible en el tejido social es un riesgo real: se ha observado que algunas organizaciones comunales enfrentan fragmentación y “cansancio de liderazgos” cuando iniciativas productivas fracasan.

En síntesis, incursionar en procesos económicos trae aparejados riesgos significativos para una JAC en los planos financiero y administrativo. No obstante, estos riesgos pueden mitigarse con preparación: capacitación de los dirigentes, estudios de viabilidad rigurosos, controles internos efectivos y un enfoque realista de “no gastar más de lo que se tiene”. El reto está en equilibrar el espíritu emprendedor comunitario con la prudencia administrativa, de forma que el patrimonio y la misión social de la JAC no se vean comprometidos.

Buenas prácticas y recomendaciones de los organismos de control

Conscientes de los anteriores riesgos, los organismos rectores y de control de la acción comunal en Colombia han emitido recomendaciones y lineamientos para guiar a las JAC que deseen implementar proyectos económicos. A continuación, se resumen las buenas prácticas sugeridas por el Ministerio del Interior, la Contraloría y entes territoriales como el IDPAC (Instituto Distrital de la Participación y Acción Comunal de Bogotá):

Conformación de la Comisión Empresarial: El Ministerio del Interior sugiere que las JAC activen en su estructura interna la Comisión Empresarial o de proyectos productivos, tal como lo prevé la ley. Esta comisión (compuesta por miembros de la comunidad con interés en emprendimiento) se encarga de liderar, formular y gestionar las iniciativas económicas de la JAC. De acuerdo con la Resolución 360 de 2005 (DANSOCIAL), corresponde a la comisión empresarial presentar los proyectos o empresas solidarias ante las autoridades locales (alcaldías, gobernaciones) para su evaluación. Las entidades territoriales deben analizar la viabilidad de los proyectos rentables propuestos por las organizaciones comunales antes de su ejecución. Esta articulación con el gobierno local es una buena práctica que permite acceder a asistencia técnica y verificar que el plan de negocios sea sólido.

Capacitación y asistencia técnica: Los órganos de apoyo a la acción comunal enfatizan en la importancia de la formación. El IDPAC, por ejemplo, tiene entre sus funciones fortalecer a las organizaciones comunales mediante capacitación en temas como formulación de proyectos, emprendimiento y gestión administrativa. Se recomienda que antes de asumir un proyecto productivo o un empréstito, la JAC busque entrenar a sus líderes en contabilidad básica, elaboración de planes de negocio, asociatividad solidaria y obligaciones legales. Programas gubernamentales como el “Banco de Acciones Comunales” del Ministerio del Interior han incluido componentes de formación para que las juntas beneficiarias manejen adecuadamente los recursos recibidos. Otra práctica aconsejable es solicitar asistencia técnica de entidades de economía solidaria (como cooperativas de ahorro y crédito, cajas de compensación, etc.) que puedan asesorar a la JAC en la administración financiera.

Transparencia y control social: La Contraloría General de la República y las contralorías departamentales han insistido en la necesidad de mantener la transparencia en el manejo de recursos públicos o comunitarios. Una buena práctica es establecer mecanismos de veeduría ciudadana y rendición de cuentas periódica a la asamblea de la JAC y a la comunidad en general. Por ejemplo, presentar informes trimestrales del avance del proyecto económico, del estado del préstamo (abonos, saldos) y de los resultados obtenidos. Asimismo, las decisiones clave (endeudamiento, inversiones mayores) deben ser discutidas abiertamente en escenarios comunitarios. Esto no solo cumple con principios democráticos, sino que desalienta eventuales actos de corrupción y facilita el control fiscal externo en caso de auditorías. El IDPAC en Bogotá promueve que las JAC usen formatos estándar de reporte y que inviten a entes de control a sus asambleas cuando se traten temas financieros delicados, como muestra de apertura.

Planes de negocio y estudios de viabilidad: Los organismos asesores recomiendan que ninguna JAC se lance a un emprendimiento sin un plan de negocio bien estructurado. Esto implica realizar estudios de mercado, proyecciones de ingresos y egresos, análisis de riesgos y planes de mitigación. El Ministerio del Interior ha desarrollado guías y herramientas (por ejemplo, perfiles de proyecto tipo) para apoyar a las JAC en esta tarea. Seguir estas metodologías es fundamental. Una práctica identificada es buscar alianzas con universidades locales o el SENA, que a veces brindan acompañamiento en formulación de proyectos productivos a organizaciones comunales. Un proyecto revisado por expertos externos tiene más probabilidades de éxito y menos margen de error.

Uso de figuras de la economía solidaria: Otra recomendación es que, de ser viable, la JAC constituyan empresas comunitarias formales bajo esquemas de la economía solidaria (cooperativas, asociaciones mutuales, etc.) para desarrollar las actividades productivas. Esto puede brindar un marco jurídico-operativo más adecuado para actividades empresariales (por ejemplo, posibilidad de tener NIT, cuenta bancaria propia de la empresa, régimen tributario especial, etc.), a la vez que la JAC conserva su esencia comunitaria. La normatividad comunal permite que las JAC creen personas jurídicas de segundo nivel para proyectos específicos, manteniendo un vínculo, pero diferenciando responsabilidades. Organismos como DANSOCIAL han señalado que clarificar la figura de las Empresas Comunales Rentables es importante para regular su funcionamiento. Por tanto, se aconseja evaluar si conviene que el proyecto económico opere como una entidad separada (aunque ligada a la JAC), lo cual puede facilitar su administración profesional y limitar el riesgo directo sobre la junta de acción comunal.

En síntesis, las buenas prácticas giran en torno a: planificación rigurosa, búsqueda de apoyo institucional, fortalecimiento de capacidades internas, máxima transparencia y, sobre todo, respeto a los procedimientos participativos. El Ministerio del Interior a través de su Dirección de Acción Comunal suele emitir circulares orientadoras, y entes como el IDPAC publican cartillas y modelos de estatutos que incorporan estas recomendaciones. Una JAC que aspire a incursionar en actividades económicas colectivas hará bien en seguir estas directrices para minimizar errores y asegurar que su incursión productiva sea ordenada, legal y beneficiosa para la comunidad.

Experiencias y estudios de caso relevantes

Existen múltiples experiencias, tanto en Colombia como en otros países, que ilustran los resultados –positivos y negativos– de involucrar a organizaciones comunales en actividades económicas y financieras. A continuación, se mencionan algunos casos y lecciones aprendidas que pueden servir de referente:

Ejemplos en Colombia: La tradición de emprendimiento comunal en el país es amplia. Durante el Encuentro Nacional de Emprendimiento Comunal Solidario (Medellín, 2007) se documentaron diversas experiencias exitosas de JAC involucradas en actividades productivas. Por ejemplo, se destacó el caso de Juntas de Acción Comunal que administran acueductos rurales y urbanos, garantizando el servicio de agua y generando ingresos mediante tarifas comunitarias; también JAC que han desarrollado proyectos productivos agropecuarios y de microempresa, integrando a la comunidad y repartiendo utilidades entre sus asociados; igualmente, organismos comunales que han celebrado convenios con entidades públicas y de cooperación internacional para ejecutar obras locales (mejoramiento de vías, infraestructura comunitaria) con financiación compartida; e incluso JAC que han creado empresas productivas propias (como panaderías, granjas comunitarias, talleres) apoyándose en modelos de economía solidaria. Estas experiencias demuestran que, con liderazgo y organización, una JAC sí puede desempeñar un rol semejante al de una empresa social. Un ejemplo reciente es la JAC La Cuarenta en Monterrey (Casanare), la cual fue contratada para realizar obras civiles para una empresa petrolera en su territorio. Esto generó empleo local e ingresos significativos que la JAC está reinvirtiendo en mejorar la sede comunal y espacios públicos. Su presidenta afirma que “la Junta puede verse también como una empresa que genera recursos en pro de proyectos para la comunidad”, reflejando cómo cambió la mentalidad comunitaria al ver los resultados positivos.

Programas de crédito comunitario en el exterior: En otros países latinoamericanos las organizaciones comunales también han incursionado en la gestión de créditos y financiamiento para sus miembros. Un caso notable ocurrió en El Salvador, donde existen organizaciones llamadas ADESCOS (Asociaciones de Desarrollo Comunal) equivalentes a nuestras JAC. Con el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), se implementó un proyecto para la expansión del crédito comunal en zonas rurales, canalizando préstamos a pequeños productores a través de las ADESCOS y fortaleciendo sus capacidades administrativas. Esta iniciativa permitió a las asociaciones comunales salvadoreñas otorgar microcréditos solidarios a sus afiliados para emprendimientos locales, bajo un esquema de responsabilidad compartida. Los resultados mostraron mejoras en ingresos familiares y en la cohesión de la comunidad, aunque también subrayaron la importancia de capacitar en gestión financiera a los líderes locales. Igualmente, en países como Perú y Bolivia se han dado experiencias de “bancos comunales” (grupos de crédito manejados por organizaciones de base) que enseñan el valor del ahorro colectivo y el préstamo responsable a nivel vecinal.

Lecciones de casos menos exitosos: No todas las experiencias han prosperado. En Colombia se conocen casos de JAC que intentaron montar proyectos ambiciosos (por ejemplo, una microempresa de confecciones o un fondo de crédito local) y fracasaron por falta de estudios de mercado o por discordias internas en el manejo del dinero. La lección común de estos casos es que improvisar sale caro: cuando no se involucra a expertos, no se calculan bien los costos o la demanda del producto/servicio, o no se establecen reglas claras para uso de los recursos, el proyecto comunal termina generando deudas y conflictos. Por eso, muchas JAC prefieren comenzar con iniciativas pequeñas y de bajo riesgo (como una tienda comunitaria, alquilar el salón comunal para eventos, o administrar un parqueadero barrial) antes de aventurarse con créditos grandes. Esta estrategia de “ir paso a paso” aparece en varias guías comunales como una buena práctica para acumular experiencia y capital semilla.

En conclusión, la revisión de experiencias muestra que sí es posible para las JAC ejecutar actividades económicas de manera exitosa, siempre y cuando se apoyen en la solidaridad, la capacitación y la buena administración. Las historias de éxito ofrecen modelos replicables (p.ej., JAC operando servicios públicos comunitarios, o aliándose con empresas privadas en proyectos locales), mientras que los fracasos destacan los errores a evitar. Cada comunidad deberá adaptar las lecciones a su contexto, evaluando con realismo sus fortalezas antes de asumir compromisos económicos de gran envergadura.

Impacto en la sostenibilidad, la participación y el desarrollo comunitario

Impulsar procesos económicos colectivos desde la JAC puede tener impactos profundos y de largo plazo en la organización comunal y en la comunidad que representa. Al evaluar la conveniencia de tales iniciativas, es importante considerar cómo afectarán la sostenibilidad financiera de la JAC, los niveles de participación ciudadana y el desarrollo socioeconómico local:

Sostenibilidad organizacional: Un proyecto productivo bien llevado puede convertir a la JAC en una entidad más autosostenible financieramente. Tradicionalmente, muchas Juntas de Acción Comunal subsisten con recursos escasos (aportaciones voluntarias, pequeñas subvenciones estatales, etc.). Al generar sus propios ingresos mediante una actividad económica, la JAC logra diversificar sus fuentes de financiamiento y depende menos de la ayuda externa. Esto se traduce en mayor estabilidad para la organización: puede mantener su sede, dotarse de materiales, e incluso constituir fondos de reserva para emergencias comunitarias. La JAC deja de ser únicamente gestora de proyectos ajenos para convertirse también en generadora de recursos, con la posibilidad de reinvertir excedentes en obras barriales. Por ejemplo, en el caso citado de la JAC La Cuarenta, los ingresos obtenidos les permiten soñar con construir su salón comunal, una cancha deportiva y otras mejoras locales que antes eran impensables. Este fortalecimiento financiero puede marcar un antes y después en la historia de la organización. Sin embargo, también implica mayor responsabilidad: la sostenibilidad no solo es tener dinero, sino saber administrarlo para que el emprendimiento se mantenga en el tiempo. Un impacto negativo a evitar sería que la JAC colapse financieramente por un mal negocio; de allí la importancia de la planificación.

Participación y empoderamiento comunitario: Involucrar a la comunidad en un proyecto económico solidario tiende a dinamizar la participación de los habitantes. Cuando la gente ve resultados tangibles (empleos creados, utilidades repartidas en mejoras del barrio, etc.), aumenta la confianza en la Junta y más personas desean afiliarse o asistir a las reuniones. Además, estos procesos permiten descubrir y potenciar liderazgos locales, por ejemplo, encargando a jóvenes la operación de cierta actividad o a mujeres cabezas de familia la administración de una microempresa comunal. De hecho, muchas JAC reportan que sus comisiones empresariales están integradas mayoritariamente por mujeres y jóvenes, lo que contribuye a su inclusión en la toma de decisiones. Este relevo generacional y de género renueva la acción comunal. El sentido de pertenencia colectivo se refuerza al trabajar juntos por un objetivo productivo; se crean redes de cooperación y solidaridad más fuertes. Cabe señalar que la participación también se amplía si el beneficio se percibe equitativo –por ejemplo, si una parte de las ganancias del proyecto se destina a un fondo comunitario al cual todos acceden para microcréditos, o a obras que toda la vecindad disfruta, entonces más personas se motivan a participar activamente. Un aspecto a cuidar es que la participación no se limite a unas pocas personas (riesgo de élites locales); las buenas prácticas de transparencia y socialización de la información ayudan a mantener involucrada a la base social amplia.

Desarrollo comunitario local: Finalmente, los impactos en el desarrollo socioeconómico del territorio pueden ser muy positivos. Un emprendimiento exitoso de la JAC puede mejorar la calidad de vida en la zona: al prestar un servicio (agua, energía comunitaria, comunicaciones) que antes no existía o era precario; al generar empleos locales que reducen el desempleo y migración; o al producir bienes de primera necesidad a precios justos. Las utilidades reinvertidas pueden traducirse en más infraestructura (parques, vías, centros comunitarios) y en programas sociales (capacitaciones, eventos culturales) que enriquecen el tejido comunitario. Además, la presencia de una JAC sólida económicamente la habilita para gestionar proyectos más grandes con el Estado o cooperación internacional, actuando como socio confiable en iniciativas de desarrollo rural o urbano. En cierta forma, una JAC que emprende proyectos productivos se convierte en un actor de desarrollo local reconocido: puede negociar con alcaldías, atraer inversión hacia la comunidad o articularse con otras organizaciones en redes económicas solidarias. Esto contribuye al progreso del corregimiento o barrio en su conjunto. Un ejemplo concreto es cuando las JAC gestionan sistemas de acueducto: no solo mejoran la salud y bienestar de la población con agua potable, sino que pueden invertir los excedentes en más proyectos y transfieren conocimientos técnicos a la comunidad (creación de capacidades locales). Desde luego, hay que reconocer que el desarrollo no es automático: requiere de continuidad, de buena gobernanza y de distribuir justamente los beneficios para evitar brechas internas.

En balance, si se manejan correctamente, los procesos económicos solidarios fortalecen a la JAC y a su comunidad en múltiples dimensiones: logran que la organización perdure y se profesionalice, que más ciudadanos se vinculen a la vida comunal, y que el entorno local se beneficie en su economía y calidad de vida. Por el contrario, un manejo inadecuado podría generar un impacto opuesto (endeudamiento, desilusión colectiva y estancamiento); por ello la conveniencia está condicionada a la capacidad de la JAC de mitigar riesgos y adherirse a principios solidarios. En la mayoría de casos documentados, los impactos positivos han prevalecido cuando hay transparencia y trabajo colectivo auténtico.

Conclusiones y recomendaciones finales

Conclusión general: Desarrollar procesos económicos de carácter colectivo y solidario sí puede ser conveniente para una Junta de Acción Comunal, en tanto se haga dentro del marco legal, con planeación rigurosa y con un firme compromiso ético con la comunidad. La normativa colombiana habilita a las JAC para emprender actividades productivas y obtener créditos con fines de desarrollo comunitario, lo cual representa una oportunidad valiosa para mejorar la sostenibilidad financiera de estas organizaciones y generar progreso en las localidades. Sin embargo, no es una decisión que deba tomarse a la ligera: conlleva responsabilidades significativas y riesgos que deben ser gestionados. Las experiencias muestran que, bien conducidos, los proyectos económicos comunales empoderan a la ciudadanía, aumentan la participación y resuelven necesidades locales; pero mal manejados, pueden endeudar a la Junta y fracturar el tejido social. Por tanto, la conveniencia dependerá de cómo se implemente la iniciativa más que de la iniciativa en sí. A continuación, se presentan recomendaciones puntuales para una JAC que esté considerando incursionar en estos procesos:

Recomendaciones para una JAC que busque emprender proyectos económicos o tomar préstamos:

Verificar el sustento legal y estatutario: Asegurarse de que la iniciativa económica propuesta encaja dentro de los objetivos legales de la acción comunal y cumplir con todos los procedimientos internos. Convocar a la Asamblea General para socializar la idea y obtener la aprobación formal de la comunidad antes de contraer cualquier obligación financiera de largo plazo. Si los estatutos de la JAC requieren modificaciones (por ejemplo, para crear una empresa comunitaria), realizarlas con acompañamiento de la autoridad competente (Departamento de Acción Comunal municipal o IDPAC en Bogotá).

Realizar estudios de viabilidad y planes de negocio: No basarse únicamente en el entusiasmo. Es indispensable elaborar un plan de negocio completo que incluya análisis de mercado, costos, proyecciones de ingresos, punto de equilibrio y posibles riesgos. Si la JAC no cuenta con esta expertise, buscar apoyo en entidades como el SENA, universidades o programas del Ministerio del Interior que ofrecen herramientas metodológicas. Un empréstito nunca debe asumirse sin tener claro cómo se pagará; por ello, el proyecto debe mostrar generación de ingresos suficientes para cubrir las cuotas del préstamo más un margen de seguridad.

Comenzar de menos a más: Es recomendable iniciar con proyectos piloto o de pequeña escala para ganar experiencia. Por ejemplo, antes de gestionar un préstamo grande, la JAC podría intentar una actividad autofinanciada (aunque sea modesta) que le permita afinar su capacidad administrativa. A medida que los proyectos pequeños funcionen, se genera confianza y aprendizaje para luego sí comprometerse con inversiones mayores. Este enfoque escalonado reduce el riesgo de fracaso catastrófico y permite hacer ajustes sobre la marcha.

Fortalecer la capacitación y la comisión empresarial: Identificar dentro de la comunidad a personas con conocimientos en administración, contabilidad o negocios que puedan liderar la comisión empresarial. Invertir en capacitaciones periódicas para los dignatarios y miembros activos en temas clave: manejo de libros contables, contratación, mercadeo, economía solidaria, etc.. Gestionar que organismos como el IDPAC, la Secretaría de Desarrollo Comunitario local u ONG especializadas brinden talleres de formación. Una JAC informada toma mejores decisiones y evita caer en errores básicos.

Aprovechar la asesoría institucional y las alianzas: No emprender el camino solos. Acercarse a las entidades del Estado que tienen programas para apoyar proyectos productivos comunales –por ejemplo, el Banco de Acciones Comunales del Ministerio del Interior, programas de economía solidaria de las gobernaciones, o fondos de desarrollo rural si aplican–. Estas entidades pueden cofinanciar iniciativas, ofrecer asistencia técnica o facilitar contactos. Asimismo, buscar alianzas con el sector privado local: a veces empresas en la zona (p.ej. del sector petrolero, energético, agrícola) están dispuestas a apoyar emprendimientos comunitarios en el marco de su responsabilidad social, tal como ocurrió en Casanare. Un convenio bien negociado con una empresa o entidad externa puede traer capital o mercado asegurado para el proyecto, reduciendo la carga financiera sobre la JAC.

Mantener rigurosos controles financieros internos: Establecer prácticas contables claras: abrir una cuenta bancaria exclusiva para el proyecto o préstamo, llevar libros auxiliares de ingresos y gastos del proyecto, conservar soportes de todas las transacciones y someter los balances a revisión de la Comisión de Convivencia y el fiscal de la JAC. Implementar la regla de doble firma para retiros importantes (presidente y tesorero juntos, por ejemplo) y jamás mezclar fondos del proyecto con dineros personales de líderes. La transparencia interna es la mejor defensa ante eventuales cuestionamientos externos. Si es posible, auditar anualmente los estados financieros con un contador independiente, especialmente si se manejan préstamos significativos.

Fomentar la transparencia y la comunicación con la comunidad: Informar constantemente a los afiliados y vecinos sobre el avance del proyecto económico. Convocar asambleas informativas cada cierto tiempo para mostrar resultados, dificultades y próximos pasos. Invitar a que miembros de la comunidad se involucren activamente, ya sea trabajando en la iniciativa o integrando veedurías ciudadanas. Cuando la comunidad siente que el proyecto es realmente de todos, es más probable que colaboren en su éxito (por ejemplo, prefiriendo consumir los bienes/servicios ofrecidos por la empresa comunal, o cuidando las instalaciones). La comunicación abierta también ayudará a detectar temprano cualquier señal de alarma (desvío de recursos, problemas operativos) y corregirla con el apoyo colectivo.

Considerar mecanismos de economía solidaria para formalizar el proyecto: Si la actividad lo amerita, evaluar la creación de una entidad solidaria (cooperativa, fondo, asociación productiva) paralela a la JAC, que sea la que ejecute directamente el negocio. De esta forma, la JAC actúa como promotora y socia, pero la gestión diaria recae en la nueva entidad con su propia personería jurídica. Esto puede limitar la responsabilidad legal de la JAC en caso de dificultades, y permitir una estructura administrativa más acorde con fines empresariales. Muchos proyectos exitosos han seguido esta vía, con la JAC participando en la gobernanza de la cooperativa o empresa comunal, pero sin absorber ella sola todo el riesgo operativo. Siempre buscar asesoría legal al dar este paso para asegurar que la figura escogida cumpla tanto con la normatividad comunal como con la de economía solidaria.

No comprometer el objeto misional por la rentabilidad: Recordar que, ante todo, la JAC es una organización de base comunitaria con fines sociales. Los proyectos económicos deben ser un medio para fortalecer la comunidad, no un fin en sí mismos de lucro. Cualquier decisión se debe alinear con los valores de solidaridad, servicio y mejora de la calidad de vida colectiva. Si en algún momento una iniciativa financiera empieza a generar divisiones, afectar el medio ambiente local, o perjudicar a ciertos grupos de la comunidad, se debe re-evaluar su conveniencia. Mantener siempre el enfoque en el bien común y en la participación democrática ayudará a que la JAC no se desvíe de su misión por perseguir ganancias. Las utilidades obtenidas deberían reinvertirse en la comunidad o en fortalecer la misma organización comunal, creando un círculo virtuoso de desarrollo local.

En conclusión, una Junta de Acción Comunal bien informada, unida y asesorada puede lograr que un proyecto económico colectivo sea una herramienta poderosa de desarrollo comunitario. La conveniencia de dar este paso dependerá de la realidad particular de cada JAC (su capacidad, sus necesidades, el entorno), pero las pautas expuestas sirven para aumentar las probabilidades de éxito. Siguiendo las recomendaciones legales, financieras y participativas, una JAC puede contraer un empréstito o montar una empresa comunal sin comprometer su estabilidad y, por el contrario, potenciando su impacto positivo en la comunidad. El llamado final es a la prudencia con visión de futuro: prudencia para gestionar riesgos inmediatos, y visión para construir, con estas herramientas económicas, un futuro más próspero y solidario para la comunidad.

Fuentes consultadas: Ley 743 de 2002; Ley 2166 de 2021 (acción comunal); Resolución 360 de 2005 (DANSOCIAL); Ministerio del Interior – Dirección de Acción Comunal (normatividad y cartillas); Instituto IDPAC (Política Pública Distrital de Acción Comunal); experiencias documentadas de emprendimiento comunal; programa BAC – Banco de Acciones Comunales; BID (programa crédito comunal en El Salvador.

 

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