"La normalización del chantaje: una enfermedad que corroe desde lo más alto hasta lo más cercano"
Vivimos tiempos donde el chantaje, la amenaza y la extorsión se han convertido en moneda corriente. Lo más inquietante no es que existan —porque siempre han existido—, sino que los veamos como parte natural de la vida social, comunitaria, política y hasta personal. Como si no hubiese otra forma de resolver los desacuerdos, de exigir lo justo o de lograr beneficios.
Desde las organizaciones de base, donde uno esperaría encontrar solidaridad, cooperación y sentido de comunidad, hasta las altas esferas del poder político y estatal, el chantaje se presenta en sus múltiples formas: “si no me apoyas, me encargo de destruirte”; “si no me das lo que quiero, haré pública esta información”; “si no guardas silencio, vendrán consecuencias”. Frases disfrazadas de advertencia, que en realidad son herramientas de manipulación emocional y social.
Es grave que lo hayamos normalizado. Que callemos por miedo. Que negociemos principios. Que dejemos pasar “por no hacernos enemigos”. En nuestros barrios, en los espacios comunales, en nuestras familias incluso, la cultura del chantaje se infiltra disfrazada de “realismo”, de “sabiduría popular” o de “estrategia”. Pero no es otra cosa que una forma de violencia, una herramienta para perpetuar abusos de poder y callar voces incómodas.
¿Desde cuándo nos pareció lógico que alguien tenga que pagar —con dinero o con lealtad ciega— por su derecho a expresarse, a disentir, a construir comunidad? ¿En qué momento decidimos que el miedo era una forma aceptable de autoridad?
Es hora de romper ese ciclo. El silencio ante el chantaje no es prudencia, es complicidad involuntaria. Y no se trata de hacer escándalo, sino de tener la valentía de no ceder ante quienes utilizan el miedo como mecanismo de control. Se trata de construir espacios donde el poder no se ejerza desde la intimidación, sino desde el respeto y la transparencia.
La ética no puede ser opcional. Ni en las Juntas de Acción Comunal ni en el Congreso. Ni en una asamblea barrial ni en un ministerio. Y si aspiramos a una sociedad más justa, más humana, tenemos que empezar por desnaturalizar aquello que nos ha mantenido sometidos en nombre de la “astucia”.
Porque chantajear no es una forma de conseguir algo. Es una forma de perderlo todo.