En muchos rincones de nuestros barrios, las zonas comunes —esas que deberían ser espacios para el encuentro, el juego y el descanso— hoy están marcadas por el abandono. Donde antes había árboles, césped o jardineras, hoy se acumulan bolsas de basura, escombros y restos que nos gritan una dura verdad: hemos perdido el sentido de pertenencia.
El problema no es solo estético. Cuando dejamos que el descuido se instale, abrimos la puerta para que otros males lleguen con facilidad: la delincuencia, el miedo, la desconfianza entre vecinos. Un lugar sucio y olvidado comunica que no hay quien lo cuide, que es tierra de nadie. Y donde no hay comunidad activa, los grupos que sí actúan —aunque sea desde la ilegalidad— ganan terreno.
¿Cómo llegamos aquí?
No es un hecho aislado. La basura que se tira en una esquina y no se recoge, pronto se convierte en un punto crítico. El parque donde ya nadie juega se transforma en botadero o refugio de actos delictivos. Y así, lo común se va perdiendo. Nos acostumbramos a convivir con el deterioro, a mirar hacia otro lado, a decir “eso no me toca a mí”.
Pero sí nos toca. Porque el barrio es nuestro reflejo.
¿Qué podemos hacer?
Volver a sembrar árboles, limpiar una esquina, denunciar a tiempo, hablar con el vecino, participar en la Junta, involucrarnos en una jornada comunitaria… cada acción, por pequeña que sea, recupera terreno para la vida y aleja a la violencia y al abandono.
No se trata solo de recoger la basura física, sino también la indiferencia que ha echado raíces. Es momento de recordar que la seguridad no comienza con más cámaras o policías, sino con el compromiso real por cuidar lo que es de todos.
